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21 de julio de 2015

Absurdo

Estoy de nuevo escuchando en silencio, espectante. Mis sentidos se enfocan en una sola dirección, mis ojos no pueden disimular el asombro que siento al escuchar esas palabras. Mi cerebro trabaja a mil, como siempre. Pienso, respiro, y espero unos segundos antes de contestar. Sé que son temas delicados, puedo ver su dolor en sus ojos; pienso cuántos en mi lugar aprovecharían el momento, y sin embargo, me quedo congelado, sin pretender siquiera sacar provecho de un suspiro. Logro conectar con sus emociones, con sus sentimientos, con su dolor. Mi empatía me permite sentir en ese mismo instante, una proyección del dolor ajeno. Todo parece más fácil cuando el dolor es ajeno. Ya no estoy en ese lugar, no estoy hablando con esa persona; soy esa persona. Me transporto al momento, al lugar, a la situación, intentando comprender cómo logró no caer en pedazos. Estaba, por elección, viviendo otra vida, aunque sea por un instante. La conexión era etérea, los sentimientos, profundos. Una escena donde lo material no existía y la escencia era visible.

Bueno, me cansé de contar las veces que viví situaciones así. Callado, escuchando, pero a la vez cómodo. Será que me es más fácil ayudar a enfrentar los problemas ajenos que los míos. El problema es que los ajenos conllevan una frustrante realidad: escapan de mi control. Veo como toda la energía que empleé en pensar, comprender y emitir una opinión, un consejo, intentando ser lo más objetivo posible, fluye por entre mis dedos como el agua. Los problemas siguen su curso, la vida también. Es estúpido pensar si estuvo bien mi cautela, si no hubiera sido más fácil simplemente aprovechar la situación. Es estúpido porque es muy fácil sacar conclusiones con el diario del lunes. Es estúpido porque no soy así.

Al final no me queda más que sonreír de lo absurdo de la situación, de lo absurdo que me sentí. Me río, con ganas. Me alivia saber que lejos estoy de aquellos sentimientos de tristeza que sentí por empatía, que lejos estoy de vivir pretendiendo que nada pasa. Entiendo que no puedo escapar de lo que es mío, y que cuando me propuse enfrentar aquello que quería cambiar, el sentimiento de placer y orgullo fue tan grande que se me infló el pecho. Así, con orgullo y una sonrisa dibujada, me senté nuevamente a escucharte, sin pretender cambiar tu realidad, sino pretendiendo aprender de ella, para no llegar nunca a ese punto de verme tan absurdo.

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