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11 de enero de 2014

Regrésame

En lo profundo de la oscuridad, me encuentro atrapado en una cárcel de recuerdos aterradores. Ellos parecen gritarme, mientras yo me tapo los oídos esperando que pase. No sé cómo llegué acá, ni mucho menos cómo salir.

A los lejos, se escuchan unas carcajadas y siento escalofríos. Son las carcajadas de aquel niño que solía golpearme cuando tenía 8 años. La escena revivía mientras yo moría de miedo. De pronto y de la nada, un puño sacudió mi cabeza de un golpe, y al instante unas gotas de sangre caían al vacío. Se alejaban de mi. Siento un grito, el grito desgarrador de mi madre al verme vencido, esta vez con 10 años, mientras perdía el conocimiento. Escucho una persona a la que le costaba respirar. Era yo, a los 11, rodeado de un grupo de chicos que se turnaban para darme patadas en el estómago. Podía sentirlas, como si ese momento estuviera sucediendo de nuevo. El aire parecía abandonarme, junto con mis gotas de sangre. Me asfixiaba, me desangraba. Escuché un "crac", y era mi brazo rompiéndose a los 13, sin compasión. Sentí la escena de nuevo, sentí mi brazo romperse, otra vez. Escuchaba el jadeo desesperado de mi yo adolescente queriendo escapar, desesperado, presa del pánico. Una frenada y un mal cruce por una avenida fueron el desenlace de de esa situación que me costó dos meses en el hospital, y años de rehabilitación. Ya no tenía sentido, las secuelas eran irreparables, las heridas, insanables. Por dentro me moría, y allí estaba, pagando el precio por ser diferente.

"Por favor" supliqué, mientras sus palabras se clavaban como dagas en mi cuerpo. Era insoportable. Y allí la escena se materializó. Estaba en una habitación, pequeña y poco iluminada, había una cama, una estantería con libros, un televisor, una computadora. Parecía ese lugar donde solía refugiarme siempre: mi habitación. Todos mis miedos se materializaron en una figura oscura, que me miraba desde un rincón. El pánico se adueñó de mi. Al otro extremo de la habitación, arriba de un mueble distinguí un arma ¿Pondría fin a tanto dolor? en definitiva no perdía nada por intentarlo, excepto la vida, que ya en ese entonces parecía dar lo mismo.

Con las pocas fuerzas que tenía, me paré y caminé hacia la mesa, aún aturdido por los recuerdos que me habían atacado. En ese instante, otros recuerdos empezaron a surgir, y otra vez temí que las heridas se abran aún más. Sin embargo, no lo hicieron. Era mi mamá, poniéndome hielo en la cama cuando fui golpeado. Era mi abuela, cuidándome cuando me había desmayado. Era mi mejor amigo evitando que me sigan pegando. Era mi papá a mi lado de mi cama cuando estaba internado. Yo seguía avanzando al arma, decidido a usarla. Quería poner fin a esto. Me acerqué, y la tomé.

Solo un movimiento acabaría con tanto dolor. Levanté mi mano, apunté y disparé. El ser oscuro cayó vencido ante mi sentencia. Allí estaba yo, de pie, viendo mis miedos caer y mis traumas desangrarse, heridos por mi decisión de vivir.

7 de enero de 2014

Perspectiva

¿Qué pasa si un día nos damos cuenta que el laberinto en el cual estamos atrapados siempre nos mostró la salida, y no la supimos ver? ¿Qué pasa si un día dejamos de sufrir por lo que nos parece inalcanzable, y miramos el ahora? ¿Qué pasa si un día dejamos de buscar excusas para demostrar nuestra propia incapacidad, y nos valoramos? ¿Qué pasa si se cambia la perspectiva, y la ansiedad se convierte en voluntad?

Cuando la perspectiva cambia, todo cambia. Las constantes influencias sociales nos llevan a querer siempre lo que no tenemos, a no conformarnos nunca, a ver el vaso medio vacío. Necesitamos constantemente que aprueben nuestro comportamiento, nuestra belleza, nuestra personalidad. Necesitamos que nos aprueben, porque nosotros no nos aprobamos. Le damos mil vueltas al asunto: queremos ese cuerpo perfecto, esa belleza perfecta, ese amor perfecto. Queremos lo perfecto, es decir, lo imposible. Porque lo perfecto no existe sino en nuestra mente, alejada del azar y la imprevisibilidad de la realidad. 

Pero llega un momento en que no hay salida. Tanta frustración es intolerable al cuerpo. Nos oprime, nos encierra, nos paraliza. Es allí en esa punta del risco donde se debe tomar una decisión: dejarse caer en las profundidades de la depresión, impulsado por la inercia de los ideales, o entender que ese es el límite, que allí se acaba el camino y hay que regresar para aceptar que caminamos con los ojos vendados.

Así entonces, aprender a querer lo ya obtenido.
Así entonces, establecer objetivos verdaderos, para nunca dejar de crecer.