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27 de agosto de 2012

Sin nada

Empecé a perder cosas, y no entendí cómo ni por qué. De repente algo me fraccionó y mis partes se alejaron de mi. Y ahí me quedé, parado, sin reacción. Mi dolor era la sombra de un alma perturbada. No había lágrimas por llorar, ni lamento por gritar. No había nada.

Y aunque miraba a los costados, solo estaba lleno de rostros vacíos, sosegados por la incapacidad de acción. Mientras tenía que ver como todo sucedía, y nadie lo detenía. ¿Por qué no se detenía?. No había caso, era demasiado tarde.

Mi desesperación al quedarme inmóvil, mientras todos avanzaban, me consumían en un círculo sin fin abriendo las cicatrices de un dolor incesante. Atrapado en la ausencia del todo, la impotencia misma me dió el último golpe que me dejó sin armas. Sin vos. Sin nada.

23 de agosto de 2012

Silencio de medianoche

¿Cuándo dejamos de apreciar algo tan simple como el silencio de la noche?. Sensaciones que se nos hacen costumbre, cuando la oscuridad y el sosiego se adueñan de todo. La ciudad duerme, aunque a la lejanía se escuche el ladrido de algún perro, o tal vez varios, y el motor de un auto que circula en la penumbra. Y escuchás tus pensamientos más fuertes que nunca, latentes, empiezan a desarmarse y armarse en el juego de la mente.

El sonido del silencio, que tanta paz trae. Profundo, débil. El rasguido de una lapicera escribiendo en un papel se hace absolutamente perceptible, como el simple ruido de la respiración. Sonidos armoniosos que en definitiva, no cortan el ambiente.

El silencio trae paz. Una paz difícil de conseguir en estos tiempos, pero que a la vez reside en cosas tan sencillas como ignoradas.

Solo hay que saber apreciar.